miércoles, 16 de octubre de 2013

Paisaje


Por: Elemileth Aguirre Escudero

Acento

Simplicidad

Agudeza

Profundidad

Regularidad

Neutralidad

Variación

Espontaneidad

Simetría

Irregularidad

Yuxtaposición

Secuencialidad

Singularidad

Unidad

Pasividad

Fragmentación

Economía

Coherencia

Episodicidad

Actividad

Asimetría

Transparencia

Continuidad

Sutileza

Opacidad

Movimiento

Inestabilidad

lunes, 14 de octubre de 2013

Los príncipes azules sí existen

Por: Elemileth Aguirre Escudero
Todos conocemos las clásicas historias de amor entre la dama y el vagabundo, la pobre señorita que conoce a su príncipe y gracias a una zapatilla logra conseguir su amor, la princesa que transforma en príncipe a un sapo encantado; todas aquellas historias de amor que nos hablan de príncipes y princesas, que al final del cuento viven felices para siempre y que vencen a la bruja malvada, a los ogros y a cualquier obstáculo que pretenda impedir su grandiosa historia de amor, pero ¿Son posibles realmente estas historias de amor? ¿Existen los príncipes a caballo que salvan a princesas y luchan con espadas para liberarlas de los malvados? En un mundo como el que vivimos actualmente dudo mucho que podamos responder que sí, pero al escuchar las historias de los abuelos nos sorprenderíamos de lo asombrosas que pueden llegar a ser sus aventuras de juventud y lo que en sus tiempo fueron sus fantásticas historias de amor, las cuales no distan mucho de ser “un cuento de hadas”.

Rosalía es una anciana de cerca de 83 años, morena, de cabellos blancos como la nieve y de mirada profunda, que recuerda la historia de su vida como un manuscrito escrito como plumas de acero, teniendo presente cada detalle que la enriqueció, que llenó de vida y color cada instante compartido con su familia, sus amigos, y, cómo olvidarlo, con aquellos amores inesperados y desventurados que marcaron su existencia y le enseñaron que cada persona que llega a nuestra vida es para alimentarla, para darle un nuevo sabor, para dejarle algo más que amar y para aprender a fortalecer su corazón. Sentada en el patio de una tradicional casa en un barrio popular de la antigua Cartagena, con la brisa bordeando su rostro lleno de arrugas que nos relatan los años de historias vividas con el sol resplandeciendo el cual resalta el brillo de sus ojos, y bajo la sombra de un árbol de níspero, fruta que, nos confiesa, es su mayor deleite desde que es una niña.

Esta hermosa viejita, llena de canas y con una encantadora sonrisa que nos deja ver un profundo abismo sin dientes no cuenta su hermosa historia de amor, “los príncipes sí existen – nos dice – pero no son como nos cuentan en los cuentos. Yo tuve varios príncipes en mi vida y son muy bellos”. Rosalía nos cuenta, mientras mirando a lo lejos hace un esfuerzo por acordarse del nombre, que en su adolescencia tuvo su primer novio a los 13 años a escondidas de su padre. Era un joven 6 años mayor que ella y pertenecía a una familia que tiempo antes había tenido enfrentamientos con la familia del Don José, su padre, y que por ello le era imposible aceptar algún tipo de relación con el muchacho – por eso de que las riñas entre familia son heredadas – y que mucho menos aceptaría siendo él un adulto mientras ella era tan solo una niña. Pero a pesar de las adversidades ellos mantenían esa linda relación que, como nis dice ella: “Éramos unos novios como los de esa época, solo nos agarrábamos la mano, y cuando nos veíamos era para contarnos lo que habíamos hecho en el día y hablar de cuando nos casáramos, aunque sabíamos que nuestros papás no nos dejarían. No éramos como esos muchachitos de ahora que no respetan y que ya quieren que las novias sean sus mujeres sin haberlas pedido en la casa. Nosotros nos queríamos, aunque él sabía que yo era una niña, pero me quería y me respetaba. Me llevaba chocolates y dulces y a veces iba al colegio y me esperaba afuera para acompañarme hasta la esquina antes de mi casa, porque mi papá no lo podía ver”.

Es curioso ver cómo Doña Rosalía, aunque no recuerda detalles tan superfluos como el nombre de su amado, sí recuerda cada detalle que hacía de esa relación algo importante. Me brindó un cafecito y me invitó a sentarnos en la terraza porque “ya estaba entrando mucho el sol al patio”, allí me contó cómo llegó a vivir el hecho más insólito que según ella le hace recordar a su primer príncipe.
“Mi papá se enteró que éramos novios cuando yo ya iba a cumplir los 15 años, y se puso muy bravo con mi mamá porque ella me alcahueteaba los encuentros con él – nos cuenta Doña Rosalía, mientras se ríe – claro que ella siempre estaba pendiente que no hiciera nada malo, aunque nunca lo pensamos, en esa época no pensábamos en esas cosas cuando apenas teníamos esa edad.” Ella nos relata que en muchas ocasiones su papá la encontraba leyendo cartas que le escribía su novio y la castigaba, no la dejaba salir o no le daba para la merienda, pero su hermana siempre la ayudaba para que pudiera comunicarse con él: “mi hermana era más grande y a ella  sí la dejaban salir y tener novios, pero ella era muy mala y solo hacía que muchos muchachos le dieran regalos y nunca los aceptaba como novios. Ella me ayudaba para que yo pudiera tener las cartas sin que mi papás me las quitara y me castigara más.”

Ya con la curiosidad que me inspiró el saber cuál era ese hecho trascendental, y con la confianza que ya Doña Rosalía me había brindado, me atreví a insistir hasta lograr que me contara la gran historia. Ella con una gran carcajada, con sus arrugas más marcadas y con un brillo en ojos accedió.

“Pues mijo – prosiguió – lo que pasa es que cuando yo cumplí los 15 años mi papá me hizo una fiesta muy bonita en un Club acá en Cartagena, que se llamaba San Fernando Country Club, que en ese tiempo era una de los más pupis y elegantes y todos querían una fiesta allá. Bueno, resulta que mi papá no había invitado a mi novio, porque él no lo quería y no quería que estuviera ahí, ni que fuera mi novio, pero mi novio se emborrachó y llegó a la fiesta montado en un caballo gritando que él era mi novio y que no le importaba que mi papá no lo quisiera”. Además de mi cara de sorpresa, no pude contener mi risa. Es increíble que estas cosas, como sacadas de un cuento de hadas, en realidad sucedan en la vida real – pensé. Doña Rosalía, estaba muy emocionada contando su historia y reía como si estuviese viendo en ese momento el mismo suceso pero sucediéndole a otra persona. ¿Y usted qué hizo? Porque eso no es algo que sucede muy a menudo, pregunté. “Pues al principio me dio mucha risa, pero al ver a mi papá tan bravo (enojado) tuve mucho miedo y quise salir corriendo, pero mi papá hizo que lo sacaran de la fiesta y me encerró a mí en una habitación, y no me dejó salir por un buen rato. Los invitados creían que era algún loco que se había colado y quería dañar la fiesta, pero los que lo conocían sabían que todo era verdad”.

Resulta asombroso que creamos que esta historias de amor de los cuentos puedan pasar en la vida real, amores furtivos de cartas y romances a la antigua, caballeros que aparecen ante el ogro malvado demostrando su valor y defendiendo su amor, celestinas que ayudan a que este sentimiento no decaiga, y miles de detalles fantásticos que al ver los ojos de Rosalía nos hacen creer que los cuentos de hadas pueden ser cuentos reales. Y es que, quién no desea ser un príncipe y salvar a su princesa por amor.

Luego de la gran emoción, Rosalía cuenta que por diferentes circunstancias se separaron, él tuvo una mujer, ella se caso y sus vidas, sus profesiones y sus familias los fueron distanciando poco a poco, pero que aún, después de tanto tiempo,  al encontrarse él le recuerda que ella es su único y verdadero amor, y que cuando mueran su mayor deseo es sean enterrados juntos y descansar por siempre unidos. 





jueves, 22 de agosto de 2013

Visitando el paraíso.

Por: Elemileth Aguirre Escudero.

     2:00 de la tarde del 11 de julio de 2013, ya todo está listo. Salgo de casa con un gran peso en mi espalda, al igual que mi acompañante. Llegó la hora. Después de un mes de preparación: comprar comida necesaria, seleccionar ropa cómoda, conseguir el lugar donde dormir, y prepararme psicológicamente para aislarme del mundo, estoy lista. Es hora de empezar una nueva experiencia, de ponerme en contacto con la naturaleza, de alejarme del mundo artificial. Es hora de acampar. Sí, acampar es la gran aventura que les relataré en esta crónica. Fue casual el hecho que nos asignaran en el taller hacer un relato sobre algo que nunca habíamos hecho. Yo nunca había acampado, y, precisamente, tenía más de un mes preparándome para esta travesía. Digo travesía porque dormir a la intemperie en medio del campo oscuro rodeada de animales, tener solo los alimentos necesarios para subsistir por unos días y pensar en estar completamente alejado de la vida común en la que tienes todo a la mano, eso lo considero una travesía. Pero, para fortuna mía, no todo fue tan radical como creí.
      Luego de pensar en todo lo que podría ocurrir en aquel viaje, en el posible desespero que podría producirme no tener una cama cómoda donde descansar luego de extensas caminatas y de pensar en no tener un lugar dónde asearme y tener privacidad para mis necesidades básicas, intenté enfocarme en lo que sería positivo en el viaje, en las cosas que haría de esta nueva experiencia algo grato y maravilloso. Llegamos al lugar de encuentro cerca de las 2:30 donde nos encontraríamos con otro de mis acompañantes en el viaje y partiríamos rumbo a nuestro destino final. Luego de media hora acomodando todo lo que necesitábamos, revisando: repelente, listo; comida, lista; camping, listos; cosas de aseos, listas; ¡Es hora de irnos!
     Nos dirigíamos a la vereda La Flora, aproximadamente a 1:30h de San Gil, en la vía hacia Barichara, en el camino mientras salíamos de Bucaramanga podíamos ver mucho campo abierto, casa campesinas en lugares aislados, y muchísimos abismos – lo que me causó bastante vértigo y mareo, dado que las vías de Bucaramanga tienden a ser en curvas, y tuve que dormir en gran parte del viaje- . El recorrido duró más o menos 2:30, tomando en cuenta las veces que se detuvo el señor de la buseta a dejar pasajeros y, a veces, a permitir que los pasajeros bajaran a comprar cosas para llevar. Llegamos a San Gil a las 5:30h aproximadamente. Allí nos encontraríamos con otro compañero de viaje y nos dirigiríamos a la casa en el campo cerca donde acamparíamos.      Al llegar nos quedamos en un lugar llamado “El malecón”, cerca al ingreso al Parque El Gallineral, desde donde podíamos ver el Río que pasa por el lado del pueblo. Veíamos a persona subir cargando en sus hombros unas canoas inflables grandísimas luego de haber bajado montados en ellas por el río. Aunque el caudal del río no era muy fuerte, nuestro compañero Sergio, quién ya había ido varias veces al pueblo y conocía la finca donde nos quedaríamos, afirmaba que era una excelente experiencia y que debíamos planear en otra ocasión ir con un mayor presupuesto y hacer deportes extremos. Frente a eso yo asiento con la cabeza, pero no me encuentro muy convencida puesto que temo a las actividades riesgosas, aunque nunca está de más poner a pruebas nuestros miedos.
     20 minutos después llega nuestro compañero Frank, y solo faltaría una persona para completar el grupo, nuestra amiga Maleja, quién arribará a la finca al día siguiente por compromisos laborales que le impidieron llegar el mismo día. Frank llega con una actitud muy entusiasta, él espera que esta sea una experiencia única, igual que todos; planea hacer juegos, compartir en la fogata, hasta trae malvaviscos para asar en las noches y distraernos con amenas charlas juntos mientras en medio de la oscuridad contemplamos el hermoso cielo del campo. Después del encuentro tomamos un taxi que nos lleva hasta la finca. Eran cerca de las 7:15pm cuando llegamos, y ahora es cuando empieza nuestra aventura.
     Al llegar nos encontramos con la Sra. Abigail, la dueña de la finca. Una señora de aproximadamente 45 años, casado con Don Roberto, quienes habían vivido toda su vida en la finca. Se dedicaban anteriormente al cultivo de plátano y demás productos agrícolas, pero a raíz de una enfermedad del Señor no pudieron continuar con la cosecha, por lo cual subsisten con el arriendo de los terrenos de la finca, que son utilizados para la siembra de café, y la cría de ganado vacuno. Todas las mañanas al despertar nos encontrábamos con los buenos días de esta señora amable, que nos hacía sentir como en casa, que nos preguntaba cómo amanecíamos y con la que con largas charlas aprendíamos de la vida en el campo, de lo difícil de la vida de un campesino y de lo hermoso que es el campo a pesar de las adversidades. Era hermoso despertar y encontrar un noble sonrisa, acompañada de un café caliente que hace de la frías mañana algo más ameno y agradable. Desayunábamos frutas que habíamos llevado, lo que la señora Abigail complementaba con desayunos típicos del campo: comíamos arepa de maíz recién molido, huevos criollos que las gallinas ponían al despertar, frutas recién bajadas de los árboles. Esa exquisito disfrutar de aquellos sabores y olores del campo, un olor a humildad, a trabajo duro, a tranquilidad y a amor, mucho amor.
     Mientras estuvimos en la finca tuvimos la oportunidad de caminar por los alrededores. Conocimos lugares que en muchas ocasiones imaginé que existían, pero que nunca contemplé como posible para estar en ellos. A 15 minutos de la finca encontramos el pozo “El golondrino”, un paraíso terrenal, o, por lo menos, eso fue lo que pensé a verlo. ¡La naturaleza es maravillosa!, Me repetía muchas veces y no me cansaba de decirlo, en voz alta, en silencio… Son tantas las cosas que el mundo tiene para brindarnos y hacernos felices, y los hombres no hacemos más que destruirlas.
     Llegamos al pozo y me tomé el tiempo de contemplarlo en todo su esplendor. Ver el agua cristalina, el fondo de rocas, el agua caer por una pequeña cascada como la sangre de la naturaleza, limpia, hermosa. Verme rodeada de naturaleza, animales, platas, sonidos del aire. Ver el sol acercarse al centro del pozo como aquel niño tímido que poco a poco se acerca para dar un fuerte abrazo al agua y volverla cálida. Pasar mis manos por el agua, mirar el reflejo de mi rostro en ella, y sentir… ¡La naturaleza es perfecta! Sí, fueron miles de veces que lo pensé. Pensé en que sería feliz viviendo toda mi vida allí, que valdría la pena las adversidades teniendo la oportunidad de contemplar tanta belleza natural al despertar. 
     Fuimos en dos o tres ocasiones mientras estuvimos en la finca, despertábamos a las 3:00 o 4:00am por el frío que ya no nos permitía dormir. Nos acostábamos a las 11:00pm mientras rodeábamos una fogata recordando experiencia y calentando malvaviscos para alimentar nuestros antojos. Hablábamos con la señora Abigail y su esposo, charlábamos entre nosotros, algunos tomando guarapo, una bebida recién preparada por el Sr. Roberto  y que se disfrutaba con trozos de fruta y conversaciones de todo tipo que amenizaban mañana y noches.
     Además del pozo “El golondrino”, conocimos “El pozo del burro”, un pozo más llano que s encuentra a unos metros más debajo de “El golondrino”, con agua igualmente fría, un poco más amplio, pero de acceso más difícil;  la cueva de “La antigua”, un lugar muy grande y oscuro, tanto que para llegar  a tan solo 3 o 4 metros de la entrada se hacía necesario tener una linterna propia y estar abrigados para el frío impresionante con nos esperaba, - Lo confieso, no fui capaz de pasar los 3 metros por miedo a la oscuridad y a la cantidad de murciélagos que había en la cueva-; fincas aledañas a la que nos acogió, en las que encontramos familiares y amigos de nuestro compañero Sergio, donde nos recibieron como habitantes comunes de la vereda y nos invitaban a conocer mucho más de los campos; caminamos por extensas praderas, valles secos llenos de camuros – animal que hasta ese momento era desconocido para mí -, praderas inmensas donde el único sonido que se escuchaba era los sonido de los animales y del viento rozando los árboles que pedían a gritos un poco de agua, sentíamos el viento pasar por nuestros cabello, rozar nuestros rostros e impulsar nuestro cuerpo contra el afanado intento por avanzar en el camino. Conocimos un nuevo amigo, un perro llamado Tyson – o Taison “a lo colombiano” – que nos acompañó en nuestra travesía esquivando los camuros en unos de los valles que visitamos. Y otro amigo en la caminata a la cueva de “La antigua” que con mayor agilidad se arriesgaba y pasaba en segundos los obstáculos que en muchas ocasiones temí pasar y que me tomaba mucho tiempo enfrentar.

     Luego de todas estas visitas durante los días viernes y sábado, llega el día domingo y la hora de irnos. Nos levantamos y vamos por última vez al pozo, regresamos a casa, preparamos nuestro último almuerzo con sabor a leña y nos deleitamos con una sopa hecha por la Sra. Abigail, con sabor a campo. Llegó la hora de empacar y, creo que hablo por todos al decir que, sería esplendido poder quedarnos y disfrutar muchos días más de la belleza del campo y su vida. Nos despedimos de los señores de la casa, agradeciendo cada momento, cada charla y cada detalle que compartimos con personas tan maravillosas y de las que aprendimos tanto. Prometimos volver y creo que será un hecho, porque ¿quién no desea volver a visitar el paraíso? 

jueves, 4 de julio de 2013

Re-significación del objeto

Barco en el cemento
                         


 El verdadero significado de las cosas se encuentra al decir las mismas cosas con otras palabras.
- Charles Chaplin - 
Antifaz natural

Planta de fuego

Pare de comer

Libertad

viernes, 24 de mayo de 2013

El universo tras un helado.



Eran las 6:00pm cuando salí de mi casa rumbo a mi encuentro con Andrés. Quedamos de vernos a las 7:00pm en el Centro Comercial Cañaveral, exactamente en la entrada del Almacén Éxito, junto al puente que comunica al Centro Comercial florida.
Por desgracia, a causa de un imprevisto, el  viaje camino a mi encuentro con Andrés demoraría más de los esperado. Por ser día Domingo  la Cra. 27 se encontraba cerrada, puesto que fue habilitada para una ciclo vía – me imagino que por la celebración del día de la madres – lo que desviaba la ruta del bus hacía la Cra. 22 dónde se presentaba un congestionamiento que me haría llegar media hora más tarde y no quince minutos antes, como lo había previsto.
En el camino pensé en lo increíble que podían ser las casualidades y lo poco creíble que sería excusarme con la ciclo vía que, para desconocimiento mío, se realizaba todos los domingos, por tanto, yo debí adelantar la hora de mi salida.
Al llegar al almacén Andrés se encontraba un poco desesperado, pues siempre se ha caracterizado por ser una persona puntual y es muy incómodo para él perder su valioso tiempo haciendo nada en aquel lugar. Luego de excusarme decidí invitarlo a comer un helado como recompensa por su espera. Ante mi invitación Andrés contestó con una risa de burla: “Pero los helados son para los niños”, lo que me hizo pensar que quizá no les gustaban o que él tenía otros planes para la noche.
Finalmente, luego de una corta charla donde lo convencía de los rico de los helados y lo mucho que me gustaban nos dirigimos a una pequeña heladería que se encuentra bajo las escaleras eléctricas del segundo piso del centro comercial. Allí nos acercamos a la señora que atendía para pedir nuestro helado. Helados de chocolate, de fresa, de vainilla, de mango, de yogurth. Me parecía tan encantador, como siempre me parece al acercarme a un lugar de venta de dulces y golosinas, ver un mundo de sabores y colores, e imaginarme la posibilidad de disfrutarlos todos en algún momento. Sí, es un poco ansioso pensarlo, pero es también ansioso pensar en aquello que decía Andrés: “Los helados son para los niños”. No, los helados son para aquellos que podemos disfrutar esos pequeños placeres de la vida como si fuésemos niños.
Esa idea retumbó en mi cabeza por mucho tiempo mientras comíamos el helado que compramos.
Desde el momento en que nos acercamos a la nevera. Ver el rostro de la mujer que tiende como una señora dulce. Puede sonar muy extraño, pero podría afirmar que asocié la dulzura de la vendedora con lo dulce que podría ser un helado para quien lo compra. Es como si parte del placer de consumirlo, de saborearlo, empieza con la compra, con la atención que recibimos, con la ayuda al elegirlo, con un “Muchas gracias”, “que lo disfruten”, viniendo de la persona que vende el producto y que vive rodeaba de él.
Recibimos el helado, caminamos un poco y nos sentamos cerca a la heladería. Andrés se reía de ver la forma en la de disfrutaba mi helado. Decía que parecía una niña comiéndolo. Insistía en que por esa razón los helados estaban hechos para los niños, porque, según él, los helados estaban diseñados para deshacerse en las manos y la boca de quien lo come y untarse todo, y que los adultos no debía comer así; pero es allí donde yo empecé a preguntarme: ¿Por qué los adultos no podemos comer un helado y disfrutarlo como niños?
Andrés solo decía: ¡Pues, porque no somos niños!
Yo veía a los niños pasar comiendo un helado, mientras caminaba, vi muchos niños sentados con los pies montados en la silla y para ellos no existía más que su helado. En ese momento el mejor y único placer que podía sentir era saborear su helado. No existían preocupación por el cómo se veían, no les importaba si su mamá luego los regañaba por ensuciarse. Yo creo que todo niño al tener un helado en la mano saborea cada instante como si saboreara un pedazo de nube de cielo. A diferencia de los adultos, ellos no están pendientes que el helado sobre pasa lo bordes del cono, que caen gotas en la ropa, que se desliza por sus brazos y luego estarán pegajosos como si hubiesen estado bañados en una piscina de dulce. Es más, puedo asegurar que serían aún más felices si se bañaran en una piscina de helado y dulce – y después comerse el helado y el dulce, claro está -.
Al ver, y comparar, la forma en la que los adultos comían, en los desesperantes que podían ser para los niños tantos cuidados tan absurdos, tanta preocupación por ensuciarse. Pensaba en cómo mi sobrino, por muy arreglado de estuviese, iba al centro comercial a correr y mi cuñada festejaba aunque se ensuciara, pensé en lo preocupada que estaba por la hora y lo molesta que me pareció la ciclo vía por interrumpir mis planes, en vez de pensar en lo bien que lo han de pasar quienes sacan su tiempo para distraerse y cuidarse al aire libre un lindo domingo como lo fue hoy.
A partir de todo eso, y, aunque no sea un idea muy trascendental, pensé en lo poco que los adultos disfrutamos de las pequeñas cosas - como comer un helado -  y de lo complicados que nos volvemos al ser adultos y empezar a preocuparnos por cosas que, al fin y al cabo, son menos esenciales que los placeres y la felicidad que podemos conseguir en cosas como una caminata, una buena película, una hermosa canción, un lindo atardecer, un fuerte abrazo, una dulce mirada… y, definitivamente, un delicioso helado.


Universidad Industrial de Santander
Elemileth Aguirre Escudero